no era su intención, fue improvisando sobre la marcha, o mejor dicho, reaccionando sobre la marcha, como dejandose llevar por la onda expansiva de sus propias explosiones.
y ese es el primer detalle interesante. porque su personalidad no se caracterizaba por la espontaneidad. amante de las rutinas, esa progresión de acciones repetitivas que a diario seguía le daban paz, confianza en el devenir del día, armonía cosmica. todo su día a día era como un infinito ritual que sostenía con disciplina. como si hubiera hecho votos de orden, nada perturbaba su hoja de ruta, que respetaba como respondiendo a un singular imperativo biológico.
de esa enajenación, que confundía con convicción, emanaba la fuerza de su voluntad para sostener por medio de la rutina, la sensación de orden.
y como suele suceder, confundía convicción con felicidad.
eso lo hacía controlador? no. no más allá de su propia actitud. Sabía que no podía controlar el contexto, solo podía poner distancia, para poder seguir impavido, para no perder esa impermeabilidad social.
logicamente, lo obligaba a aislarse cada vez más. a encerrarse en la rutina. y el aislamiento en esas condiciones se volvió circular: la perdida de lazo generó pérdida de confianza y paz, para recuperarla: más énfasis en la rutina, que retroalimenta su aversión social.
y el sujeto se vuelve cada vez más gris, rígido, predecible. hasta que explota.
y eso sucedió en el momento y lugar menos oportuno.
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