martes, agosto 05, 2008

El loco Cristaldo

Un día, Cristaldo González se levantó raro. Cuidador de campo, solía darle una mínima ventaja al gallo para que cante y ahí, en menos de diez minutos ya estaba vestido, aseado y desayunando. Su urbana urgencia contrastaba con la parsimonia del entorno rural, pero a él le gustaba mejorar esa pequeña marca cada mañana. A Rosita, su mujer le gustaba preparar los mates con pan casero, por lo que tenía que levantarse como una hora antes para llegar a tiempo. Sin embargo, un día la dejó esperando, porque Cristaldo se levantó raro. Mejor dicho, se quedó dormido.
No hacía frío, ni calor, no tenía fiebre, ni había estado enfermo, no había tenido pesadillas, ni tomado pastillas, no había viento norte, no había trasnochado; en fin, no tenía razones para quedarse dormido, pero para quedarse dormido no necesariamente deben buscarse motivos.
Esa mañana, demoró algo más de cincuenta minutos para vestirse y lavarse la cara, los dientes, mear y cebarse el primer mate. De pronto miró penetrante a los ojos de su mujer y le dijo: “Soy la aspereza que se junta entre los recuerdos que compiten por el cómodo rincón que le ofrece tu hemisferio derecho, justo sobre el hueco donde se asienta el cerebelo denunciante de vejámenes y estertores. Soy la costumbre sublevada al anonimato sempiterno al que fue obligada por la falsa antinomia entre el futurismo y la nostalgia. Soy la apatía de saber que de nada vale esperar nada de nadie. Soy el tiempo que se perdió en la infructuosa búsqueda por la virtud.”
Rosita no entendió nada, tampoco el patrón del campo, ni el médico que lo vino a ver esa tarde, ni los amigos de la despensa, ni Jaime Barylko, que tenía una quinta cerca y todos pensaron que se podían entender. Durante los siguientes días, Cristaldo siguió hablando un lúcido, críptico monólogo.
Lo llevaron para observación al pueblo, de ahí a la ciudad, de ahí al hospital escuela de la universidad, de ahí al neuro. Y de ahí no se sale.
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Algunos dicen que hace tiempo lo intuía, pero nadie pudo asegurar que Cristaldo lo supiera: que gracias a esta extraña jugada de su desvarío genial, la linda Rosita logró liberarse al fin y vivir en pleno su romance con el dueño de la estancia, don Horacio Martínez Azcurra. Fin.

sábado, agosto 02, 2008

Variaciones sobre melisa y kd.

Vamos, salgamos de este infierno, tengo el tanque lleno, nos vamos, no nos van a encerrar, ya junté las cosas, mis cosas, no tengo mucho, todo está acá encima, vos subí, dejá todo, yo tengo plata, no te preocupes, no nos van a atrapar. Yo tengo plata y no tengo sueño… podés dormir mientras manejo… Mañana cuando te despiertes me podrás contar tus sueños. Mis intenciones son reales, lo que imaginás es lo que quiero, vos ahora dormí mientras manejo, mañana te contaré mis sueños.

El loco Segovia.

Carlitos Segovia se hacía el suicida. Falto de carácter y bastante elemental, andaba diciendo sin que nadie le prestara atención, que un día de estos se pegaba un tiro y listo. Y que ahí todos iban a andar lamentándose porque no le habían dado bola, cariño, plata y no se que más… Pintor malísimo, Carlitos era un buen tipo, pero resentido y sin carisma, no tenía alma. Una vez alguien le dijo (no fui yo) que si se mataba, quizás iba a poder encontrar su alma perdida, el alma que no le supo dar a las porquerías que pintaba. Carlitos se ganaba la vida vendiendo quiniela, no sacaba casi nada, pero gastaba poco. Salvo cuando le agarraban los ataques del suicidio, no molestaba demasiado. Algunos se reían de él, hacían bromas, lo provocaban de maneras bastante humillantes, que no viene al caso contar… De todos modos, quizás estas cosas sean motivos suficientes para que un día de humedad y calor, Carlitos cargara su bicicleta y la escopeta y en un par de horas la vaciara al azar sobre vecinos, parientes y conocidos del bar. Las paredes rojas lo volvieron un muralista de carácter. Al final, reservó la última bala para ganarle de mano a la cana. Esa mañana, después de quince años de jugarlo, había salido el 22. A la cabeza.

Burbuja inmobiliaria

Al joven alumno de abogacía le gratificaba expresar su inconsistencia ciudadana. Reconfortado de vivir en épocas sin ideales, ni dioses, vivía el orgullo de la mediocridad. Comprar cada día y venderse noche a noche. Simple. Sin embargo, se encontró cierto día con cierto tipo que parecía desvariar y descolocado lo siguió. La curiosidad le dilató el esfínter y ya nada fue igual.

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El lado oscuro se ganó una nueva criatura. El rumano Gustav Aztorzyck, campesino de alta montaña, un día bajó al pueblo y dijo: "Un camión de cliba saca mierda de las cloacas tapadas de rondeau y chacabuco. la juvenil mierda de nueva córdoba se amontona, como haciéndose ver, en la esquina de la batalla y el burgués. La mierda que saca el camión de cliba es el fin del ciclo… del delivery al camión atmosférico. La mierda apelotonada en las esquinas más pobladas, la joven mierda más cara, de nuestra juventud universitaria… no hay barrio para sentir la mierda joven como nueva córdoba"

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Escribía un castigado Manolo Galván: “de pronto me encuentro en la imperiosa necesidad de urgar en mi mente, la búsqueda de la expresión, fermentando vínculos neuronales, sin voluntades, sin precisiones, sin talento, sin inspiración… la frustración desinente…”

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Una mente de ferias y diligencias se asomó al balcón de los heroicos obtusos, mientras la fregona segregante buscaba algún jarabe para bajar la fiebre.
“Fue con el ingeniero Ricaverga, recordaba Enilasio, que recorrimos kilómetros y kilómetros de monte, allá por el 58, hasta llegar a un pueblo (se cree que es Indio Muerto), y ahí al dispensario de la Concepción, donde conocí a la enfermera más tetona que recuerde este amasijo de sesos que cargo hace ya demasiado tiempo."

domingo, julio 27, 2008

¿Cuánto tiempo más le llevaría a don Augusto Comte realizar su añorada revolución?

Verano del 95. Cuando todo se iba un poco a la diestra soberbia de los estilizados, don Augusto revolvía recuerdos entre fotografías y cartas de la añeja juventud. Curioso ejemplar del revulsivo siglo veinte, Comte siguió conmensurado las vicisitudes del encuentro entre las corrientes clasicistas del dictador Orestes y la doncella de la revolución del hierro, Lorena Cigot.
Habían pateado el tablero de la cordialidad y las buenas costumbres, eléctricas acrobacias de la fase agonal la habían vuelto inestable a los ojos vetustos de las señoras del barrio.

Fue cuando lo que quedaba del cuerpo de José María Gutiérrez encontró la red del barco pesquero nipón Nakatta, truncando el sueño con los peces. Fue cuando los mancebos onanistas se dejaban llevar por los alusivos gráficos de las amarillentas páginas de “Mutilaciones variadas”, el manual de uso de la Escuela Politécnica Nº 14, Gregorio Lamadrid.
Las paredes ya no dicen la verdad, convertidas al versado orden de las mentiras cotidianas, a la redundancia que nos inculcaron, como fuente de verdad y control sobre mentes perturbadas por la resonancia del magnetismo y la irrealidad de los discursos de ventrílocuos… locuaces oradores del mañana, ¡uníos!

 1:30 AM queria dejar comida para algunos días. fracaso. solo pudo hacer unos bifes de pechuga de pollo en una sarten con vino, verduras y h...

otoño

otoño